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El vent està bufant fort

El día antes de llegar a Machu Pichu (segunda parte)

Cuando terminamos de cenar Gilbert nos habló a todos y nos dijo que nos despidiéramos del cocinero porque ya era su último día de trabajo y se volvían él y su ayudante a Cuzco. Dijo lo siguiente: “han cocinado todos los días para nosotros. Hemos comido muy bien. Han cuidado de nuestra alimentación”. Entonces nos quedamos todos callados y Marco rompió el silencio diciendo: “Yo sólo quiero decir una cosa. Nunca olvidaré como venía todos los días a nuestras respectivas tiendas y nos despertaba diciendo: “mate de coca, mate de coca, mate de coca…”. Tras la frase de Marco, le siguió Jonathan diciendo: “mate de coca, mate de coca…”. Y seguimos todos detrás: “mate de coca, mate de coca…”. El ayudante del cocinero se echó a llorar y nos emocionamos tras ver su reacción. Rompimos en un fuerte aplauso y el cocinero, que sé que queda muy feo decir “el cocienero”, pero desconozco su nombre, (muy mal por mi parte) pasó por nuestros respectivos asientos para despedirse y darnos la mano. Todos le dimos un fuerte apretón de manos y le mirábamos a los ojos con mucho aprecio. Nunca olvidaré a ese hombre. Ni yo, ni ninguno de los que hicimos aquel trekking hacia Salkantay y Machu Pichu. Todas las mañanas venía a nuestras respectivas tiendas a las cinco de la mañana, hora a la que empezaba a amanecer en Perú y escuchábamos su voz diciendo: “mate de coca, mate de coca”. Esa era la voz que nos despertaba.
Posteriormente abríamos nuestras tiendas y él nos daba un vaso. Llevaba un bloque de vasos colocados unos encima de los otros. Vertía el mate de coca en el vaso. En la otra mano llevaba la caja del azúcar con una cucharilla. Nos servíamos el azúcar. Después continuaba el recorrido por las siguientes tiendas diciendo: “mate de coca, mate de coca”. La primera vez que nos despertó así fue a 3.700 metros de altitud. La mañana antes de subir a Salkantay. Esa noche pasamos mucho frío. Despertarse así no se paga con nada. Nos despertó así durante tres mañanas. La cuarta ya no, porque dormimos en un hotel y él ya no estaba. Le dimos una propina tras una recolecta que hicimos. Recogió la gorra con el dinero. Se fue y no nos cansábamos de aplaudir.


Tras esto, Gilbert vino a hablar conmigo para preguntarme cómo iba a subir a Machu Pichu al día siguiente. Si iba a ir en autobús o andando. Yo le dije que andando. Trató de convencerme de lo contrario. Sabía que mi ritmo es lento y que me iba a costar mucho la subida. Yo le contesté que para mi era muy importante llegar a Machu Pichu a través de la escalera Inca y que “más duro fue Salkantay”. “No pienses. Es más dura la subida a Machu Pichu”, me contetó. Le dije que no importaba. Que ya lo había decidido. Entonces él me dijo: “estos (refiriéndose a Jonathan, Miquel, Johnny, Nico y el amigo de Jonathan y Miquel) van a tirar para adelante. No te van a esperar”. Yo le contesté que ya lo sabía. Entonces se rindió y me dijo que de acuerdo, que después nos daría unas instrucciones para la subida a la Machu Pichu. Y añadió: “sé que lo coseguirás, María”.
Al cabo de un rato se dirigió al grupo y nos dijo que al día siguiente teníamos que estar todos a las cuatro y media de la mañana en ese mismo restaurante para desayunar. Y que a las cinco y algo nos pondríamos en marcha los que fuésemos andando. Y los que subiesen en autobús saldrían hacia las cinco y media. Después nos dijo a los que subiésemos andando que sólo llevásemos el agua y la entrada al recinto. Nos dijo que nos recomendaba que llevásemos fruta. Después de esto me despedí de Heike, Marco y André que se fueron a su hotel y después de un rato tomando cervezas con Nico, Johnny, Jonathan, Miquel y los amigos de éstos dos últimos nos fuimos a dormir.

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