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El vent està bufant fort

El día que llegamos a Machu Pichu

Al día siguiente nos despertaron los dueños del hotel. Nico y el amigo de Jonathan y Miquel ya habían salido. Salimos Jonnhy y yo. Llegamos un poco tarde al restaurante. A las cinco menos algo. Jonathan y Miquel llegaron cinco minutos más tarde. Ya habían desayunado todos. Comimos a toda pastilla y Gilbert nos acompañó a Jonathan, Miquel, su amigo, Nico, Johnny y a mi hacia la salida de Aguas Caliente. Nos dio un plano y nos dijo que nos veríamos arriba.
Empezamos a caminar a las cinco y diez. A los diez minutos empezamos la subida por la escalera Inca. Los chicos no tardaron mucho en dejarme atrás. Los perdí de vista pronto. Me quedé sola subiendo. La verdad es que fue duro. No había tregua, por así decirlo. Era subida todo el tiempo. La escalera iba en zig zag. Los peldaños eran altos. Pensaba en los Incas, en cómo podían subir y bajar por esas escaleras. Después me enteré que medían dos metros. Que eran enormes. Yo subía y subía e intentaba pararme lo menos posible. Mi respiración era rápida. Me ahogaba, pero seguía subiendo. No sé dónde encontré las fuerzas. O sí. Las palabras de Heike del día anterior: “But I’ll be thinking in you”. Esa frase sonaba en mi cabeza una y otra vez. Imaginaba a Heike subiendo a Machu Pichu en el autobús con la cabeza puesta en mi. Y yo tenía la cabeza puesta en ella. Con este pensamiento no tenía tiempo para un: “cuánto falta”. Subia y subía y me venía la misma música a la cabeza. Una música que yo escuchaba en Barcelona antes de hacer el viaje a Perú. Es la música de un compact que compré a unos peruanos de Cuzco en Plaça Catalunya de Barcelona. Esa música india sonaba en mi cabeza sin parar mientras subía. También me acordaba de Nico. Nico y yo caminamos una tarde entera por un buen tramo de ceja de selva. Fue un tramo duro porque era todo bajada. Y estábamos muy cansados. Yo me quejé en algún que otro momento con un: “joder!”. Y Nico me hablaba del cuento “Momo” para distraerme. Me decía: “¿Te acuerdas de Pepo que barría las calles?”. Y yo: “sí”. “Él siempre decía: “hasta la próxima esquina”. Me dijo que Pepo se planteaba el trabajo y el esfuerzo en tramos cortos. Y después continuaba. Yo sonreí cuando Nico me contó aquello. No me acordaba. Cuando yo subía por la escalera Inca pensaba en “Momo” y en lo que Nico me había contado. Intentaba no pararme mucho. Lo justo para beber agua. Me acordaba de la manera de caminar de Heike en la montaña. Heike se paraba muy poco. Aguantaba todo lo que podía y si se paraba, su descanso no llegaba a un minuto. Eso mismo estaba poniendo yo en práctica en la escalera Inca sin darme cuenta.
Al cabo de un rato me encontré con un señor de Perú y me empezó a hacer preguntas. Yo no tenía ganas de darle conversación así que respondí con monosílabos. Por experiencias anteriores, cuando estoy tan cansada en la montaña, si me pongo a hablar, se me va mucho tiempo. Así que no tardé en perderlo de vista. Al cabo de otro rato me encontré con un grupo. Creo que ya los había visto en algún tramo del Camino Inca Salkantay. Se pararon a descansar un buen rato. Yo continué subiendo. En un momento dado sentí muy cerca Machu Pichu. Rompí a llorar. No era por el esfuerzo. Era de alegría. Sabía que me quedaba muy poco. Que Machu Pichu estaba allí. Descansé un rato. El grupo anterior me alcanzó. El guía era muy simpático. Nos dijo que quedaban quince minutos. “Sí, hombre”, le contesté yo. “Ya será media hora. “Todos los guías decís siempre que queda menos de lo que falta en realidad”, dije yo. “Pero este dice la verdad”, me contestó una de las chicas de su grupo. “Por qué me dices eso”, me preguntó el guía. “Porque la han engañado mucho los guías”, contestó la chica. El caso es que este es el primer guía que conozco que no mentía. Quince minutos era lo que faltaba para llegar. Cuando terminé la escalera Inca y vi la cola para entrar al recinto, me dio un vuelco al corazón. Ya está. Ahí estaba Machu Pichu esperándome.
Cuando entré en el recinto me tocó realizar otra fuerte subida que creo que me agotó más que la escalera Inca. Tuve que buscar a mi grupo en la casa del guardián, tal y como me había dicho Gilberto. “Cómo tú llegarás más tarde, vete a la casa del guardián”, me había dicho ese día al amanecer. Encontré a mi grupo en la casa del guardián. “Ahí viene María”, dijo Gilbert. Me ayudó a subir a la montaña en la que estaban. Había llegado a las seis y media. La subida a Machu Pichu por la escalera Inca está calculada en una hora y media. Yo tardé una hora y veinte minutos. Los chicos habían llegado a las seis. Llegué a poco de haber empezado Gilbert con la explicación. Yo observaba Machu Pichu. Su inmensidad, las montañas que rodean la ciudad que un día fue habitada por Incas. Sentí una gran paz. Miré a Nico. Estaba sentado. Nico siempre hablaba. Estaba callado mirando todo aquello. Sólo Dios sabe qué pensaba. Pero se notaba que no había palabras para lo que pasaba por su cabeza.
Después de una hora de ruta por Machu Pichu, Gilbert nos acompañó hacia la entrada a Huayna Pichu. Nos dijo que se tenía que ir a Cuzco y que nos recomendaba que subiésemos a Huayna Pichu. La subida a Huayna Pichu fue para mi la más dura de todas las subidas que había hecho a lo largo de esos cinco días de trekking. A medida que ibas subiendo el espacio cada vez era más estrecho. Me daba un poco de vértigo. La vista desde allí era espectacular.
Después de bajar de Huayna Pichu nos quedamos sentados al lado de la entrada. Observábamos los campos de agricultura de Machu Pichu, las casas con ventanas. Observábamos toda aquella inmensidad. El viaje concluía allí. Heike se echó a llorar. Yo no pude, pero lo hice más tarde. Había sido un viaje fantástico. Nos habíamos conocido en aquel trekking hacia Machu Pichu y había sido una de las mejores experiencias de nuestras vidas. Después bajamos en autobús hacia Aguas Calientes. Heike, Michael, Marco, André y yo comimos en un restaurante al lado de la plaza donde hay una estatua de Pachacutec, el Inca que fundó la Ciudadela. Después de comer nos encontramos con el resto del grupo y hacia las cuatro cogimos el tren hacia Ollaytantambo. Llegamos a éste de noche y allí nos esperaban los autobuses que iban a Cuzco. Yo bajé en taxi con Pedro y Rebeca porque hubo un pequeño problema con los nombres que no estaban en la lista. El caso es que eso, que en su momento, nos fastidió bastante, ya no tiene ninguna importancia. Bueno. Una sí. Que no me pude despedir de Jonathan, Miquel, Jonny y Nico. Con Marco, André, Heike y Michael quedé ese día por la noche en la Plaza de las Armas de Cuzco. Nos dio mucha pena despedirnos. Abrazos y varios “no te olvidaré” fue lo que nos dijimos los unos a los otros. El viaje concluyó aquel día por la tarde en Machu Pichu. O quizá empezó. Actualmente nos bombardeamos con correos donde nos enviamos fotos o donde informamos de nuestros blogs o books donde colgamos las fotos y los vídeos del viaje.
No salió el sol en Machu Pichu el día que nosotros llegamos. Supongo que tiene que ser espectacular. Yo nunca olvidaré lo que sentí cuando me faltaba poco por ver esta belleza mundial. Se había cumplido para mi lo que decía el amigo de Jonathan y Miquel: "Machu Pichu te lo tienes que ganar".

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Comentarios

  1. Seguro que fue una experiencia maravillosa. Te felicito!!!

    Comentario de Luz hace 10 meses y 0 dias


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